A lo lejos se oían los fuegos artificiales, desde nuestro rincón podíamos ver el despliegue de luz y color sobre nuestras cabezas, entre abrazos y
besos observábamos el cielo multicolor.
Sólo media hora antes estaba aburrida en la fiesta, siempre me habían gustado las romerías de pueblo con sus orquestas, bandas de música, puestos
de tiros, tiovivos y toda clase de golosinas para los niños pero lo que peor
llevaba era no poder compartir todo eso con nadie.
Pensando en mi soledad me tropecé contigo, hacia tiempo que te conocía, compartíamos la misma pandilla pero no éramos especialmente amigos, un hola,
un adiós y poco más era lo que nos habíamos dedicado a excepción de alguna
que otra mirada a hurtadillas.
Siempre me gustaste, alto, delgado y con cara de niño que nunca dejara la niñez, te imaginaba cariñoso y tierno en mis sueños y reconozco que no me
importaba convertir mis sueños en realidad.
Los dos sorprendidos nos saludamos, tu también estabas solo y té alegro encontrarme, sospeche que también tu soñabas conmigo, el temblor de tu voz y
tus mejillas sonrojadas eran la confirmación a mis sospechas.
Hablando de tonterías paseamos juntos por la fiesta, nos reímos juntos, cómplices de nuestros pensamientos, sentados en una esquina nos dimos el
primer beso y sentimos el deseo recorrer nuestro cuerpo.
Los dos éramos libres como el viento, podíamos compartir amor, deseo y cuerpo, me cogiste de la mano y me llevaste a un sitio precioso y alejado
del ruido de la fiesta, un manto de hierba suave y verde fue testigo de nuestras caricias intimas, fue cómplice de nuestro deseo.
Mientras las luces estallaban en el cielo, estallaron nuestros cuerpos, tras caricias prolongadas y besos suaves y tiernos me enamore de tus ojos
alegres, de tu piel dulce y suave, de tu aroma a libertad, de tu sonrisa
provocadora, te respiraba y la felicidad me inundaba el alma. Mi corazón
estallo de amor a tu lado la noche en que hice el amor bajo un cielo cubierto de luces.