Una afición / Eres feo / Los 4 muleros / Edición / El superhéroe / Fíjate tú / Jicot / Qué cosa /
Rubios o morenos, los cabellos siempre los hago con un flequillo que cae sobre la frente formado un suave rizo. Retocar sus rostros es lo más difícil y lo más agradecido. Introducir la pintura en los diminutos pliegues de la orejas produce un placer enorme. Una mancha oscura en los orificios de las narices para dar más realismo, la comisura de los labios con dos tonos de rojo diferente, los pómulos ligeramente sonrosados, un toque oscuro debajo de la barbilla. Acostumbro a poner un lunar en la mejilla, y en ocasiones una cicatriz que cruza el ojo de lado a lado. Para estos detalles tan minúsculos me hice un pincel de pelo natural. El pelo no era mío, lo robe a una mujer que se sentó delante de mí en el autobús, rubia, y femenina. Le corté un mechón con uno de los numerosos usos de mi navaja suiza. Los uniformes los pinto sin saber sus colores verdaderos y las condecoraciones las hago siempre muy coloridas, como pegatinas infantiles. No olvido ni un detalle, y hasta los cinturones muestran coloreado cada remache de cada ojal. Cuando termino de pintar un soldado, siento el impulso de tirarme al suelo a jugar con él. Pero ya soy demasiado grande. La mayor parte de mis soldados han terminado en la basura, rotos por pura desesperación, por puro odio.
Pero tu amigo es guapo y eso te delata. Tu cara está esculpida a patadas, hundida para adentro como la cara de un boxeador de plastilina. Tienes la tez de un obrero de la construcción y te falta el diente, ése de detrás del colmillo. Eso sí, buen pelo. ¡Menudo pelo! Qué espeso y que graso. Tu amigo, el guapo, tiene problemas de alopecia, pero se cuida más que tú. Tu amigo veraneo el pasado año en Tarrasa, donde aquella chica, una chica bien, le dirigió dos veces la palabra. Él os ha contado algo muy distinto. Tú nunca has salido del barrio, y té jactas de tener por novia a la chica más guapa de la clase, de la clase de octavo curso de E.G.B., del colegio Maroto, que sólo tiene ocho aulas, una por curso.
-De los 4 muleros, la, la, laaaa-. -¡Calla niño!-. "C." reprendió a su hijo, palmeó su boquita de fresa y sujetó sus manitas para que no se moviera. -¡Deja que cante leche!-, -¡De ninguna manera!-. De ninguna manera "C." dejaría que su hijo interrumpiese su conversación con su amiga. Éste era su momento dulce del día, tomando el café, ellas solas, C. y R. Ellas solas y el niño. -De los 4 muleros, la, la, laaaa-. -¡Deja que cante leche!-. "C." golpeó, zarandeó y amenazo al niño. Era su momento dulce del día, ¡leche! -¿Quieres más café?- Preguntó C. -Vale- contestó R. Mientras "C." abandonaba el salón para dirigirse a la cocina, R. cogió al niño, le dio un dulce beso y le animó a cantar. -De los 4 muleros, la, la, laaaaa, de los 4 muleros, la, la, laaaaa, el de la picha gorda es el que yo quiero.
Juan, eligió un arma en la cuchillería. Pedro se dispuso a salir de su casa. Juan, el que eligió una arma en la cuchillería, probó el filo de su machete en la yema de su dedo. Pedro, el que se disponía a salir de su casa, se encaminó al trabajo. Juan, el que eligió una arma en la cuchillería y luego probó el filo de su machete en la yema de su dedo, vio a Pedro entre la multitud. Pedro, el que se disponía a salir de su casa y se encaminaba al trabajo, retrasó su pasó distraído con los titulares de los periódicos. Juan, el que eligió una arma en la cuchillería, y que luego probó en la yema de su dedo, y posteriormente vio a Pedro entre la multitud, medito durante un instante. Pedro... ¡joder! Juan mató a pedro, si no te quieres comprar el puto libro no te lo compres.
El Superhéroe se quito el calzoncillo. Esos calzoncillos se quitan como los cromos, por que van perfectamente adheridos al traje de Superhéroe, todo de licra, o de tejido de impermeable. Se quitó el calzoncillo y lo miró, y lo olió. No había ni palomino, ni olía a nada, quizá muy levemente a humo de los coches. Luego se quito el traje, se lo bajó hasta las rodillas, y se sentó en la taza del water. El traje estaba sucio por dentro, y olía mal. Muy lógicamente.
Qué placer verlas redonditas, limpias, de rubio americano, sin carmín. En invierno, normalmente, las colillas están espachurradas y tienes que darte prisa para cogerlas antes de que se empapen por completo. Es mejor un clima seco, de eso no cabe duda. Con la humedad siempre hay charcos en el suelo, y la gente parece disfrutar tirando las colillas a los charcos. Sólo es posible encontrar colillas largas y enteras bajo las marquesinas del autobús, y a última hora, las últimas que hallan arrojado. El comienzo del verano es un momento optimista para el fumador de colillas. No se si será por las pagas extraordinarias, por la euforia de las vacaciones, o por qué narices, el caso es que empiezan a verse colillas de calidad tiradas por el suelo, más largas y totalmente secas. Pero éste no es el mejor momento ya que la actividad es mucha. La gente está eufórica, pasan el día con sus pies en la calle, de compras, disfrutando del buen tiempo y pisoteando las colillas. Eso si que me jode, ver una colilla de un buen tamaño que alguien arrojó encendida y que algún probo ciudadano pisó para evitar un incendio forestal. Podrían pisar solo la puntita, pero nó, pisan todo el maldito cigarro y en ocasiones hasta la boquilla llenándola de mugre. El mejor mes es Agosto, también el mejor momento. Las colillas están secas, tienen un buen tamaño y hay más, porque hay menos competencia.
Jicot donó todos sus bienes a una cabra. Nadie lo comprendió. Su administrador le preguntó: ¿Por que Jicot, teniendo cuatro vástagos, uno de criada, uno de esposa y dos de amante, por que donas tus bienes a una cabra? Y Jicot contestó: Lo de la criada fue un mal día, ella estaba eludiendo sus tareas y yo simplemente decidí amortizar su sueldo. Mi esposa tuvo el hijo que quería, además, es el único que no se me parece. El resto no me son reconocidos públicamente, y ya han tenido beneficio por mediación de su madre. -¿Pero por que una cabra Jicot? Jicot no contestó. Se limitó a mirar al suelo con ojos acuosos.
<¿Tú me quieres?> dijo, <Claro> dije. <¿Pero cómo?>. <¿No viste la película? Esa de Gene Mansfield. ¿Sabes quién te digo?> <No conozco a esa zorra> dijo. <Sí hombre. Es la misma que hizo la película esa de los perros. Pues en la película que te digo, ella trabaja en una pajarería, él la quiere, la quiere como estoy tratando de explicarte, el tío la quiere, el tío llega a quemar la pajarería por que la quiere, incluso estrangula a dos periquitos por que la quiere, eran sus periquitos, los que él más quería> <¡Joder!> <El caso es que el tío la quiere, vi como la quería y me gustó, y me dije, yo también quiero querer así> <No vi la película. ¿Tú me quieres?> <Claro. ¿No te lo estoy diciendo?> <¿Cómo?> <Como la trucha al trucho>.