Mi mecenas me lo dejó bien claro: El chico quiere a la chica, la chica quiere al chico, apáñatelas como puedas pero tienes que conseguir que no sólo el chico y la chica no estén juntos, sino que terminen odiándose. Yo le pregunté por qué. Él me dijo que era lo que necesitaba el mercado. Si teníamos suerte hasta podrían hacer la película. Lo comprendí a la primera. Para mi era lo más fácil. Cogí al chico y a la chica, los hice conocerse en un naufragio, solos, sin nadie. Les hice encontrar un isla desierta. Luego cogí al chico y a la chica, los rescaté y los presenté en sociedad. Les puse un pisito en la localidad de Vallemoslos, y les metí en el buzón el catálogo de temporada de la empresa KAKIKEA. -Ya no sólo somos tu y yo nena- dijo el chico. -Y que lo digas- dijo la chica. -Yo quiero ser algo, ¿Sabes?-, -Yo también quiero ser algo, qué te has creído, que no quiero ser algo en esta vida, pues quiero ser algo, métetelo en tu jodida cabeza machista-. El chico sorbió lentamente su cocachola pesi light, y contestó: Tú no eres más que una pueblerina con inquietudes, una paleta atraía por las luces de neón de los teatros como las moscas a la mierda-. -Maldito papanatas. No eres nada y sinceramente me das pena-. En este punto, como no se me ocurría nada más, y nadie parecía decantarse como protagonista, decidí meter un tercero en discordia. El chico conoció otra chica, una que trabajaba en una moto, repartiendo pizzas. Me pareció una idea brillante. Él la acompañaba a algún reparto que otro y al final de la tarde, iban juntos a un solar industrial, y allí se la follaba. El chico le dijo a la chica: -Pues... como que me estoy follando a una motorista. Por las tardes claro-. La chica le contestó: -¿Y no te molestaban los cuernos?. Al final hice que el chico se casara con la motorista, y la chica con un tío, uno que tenía un coche. Y rodamos la película. Y pude retirarme.