Sandalias romanas, un anillo de plata vieja en el dedo corazón, del píe. Un tatuaje que asoma por debajo del pantalón, en una pierna. Una auténtica chapuza como el que yo me hice en la mano. Mi padre quiso operarme para quitarme aquella "E" azul pálido. Me hubiera gustado subirle la pernera del pantalón, bajarle los pantalones para ver hasta donde llegaba.¡Y que curioso! Un sujetador de esos deportivos, de los que tapan mucho, sujetan mucho y protegen más, debajo de una camiseta sin mangas rasgada con premeditada arbitrariedad. El pelo muy suelto, ni rastro de maquillaje. Su novio me mira. Son novios, no puede ser de otra manera. Me mira de arriba abajo. Ahora habla y se muestra gracioso, más gracioso que yo. Ella no le atiende. Me mira como si ella fuera caperucita y yo el lobo. Se levantan para bajarse y yo digo: ¡Eh! Es ella la que dice: ¡Qué pasa! con rotundidad. ÉL permanece callado como si todo fuera de lo más normal. Yo no le dije nada. Se dejó la cartera en el asiento del autobús y yo no le dije nada. Contenía papelajos, documentos, cinco euros y algunas fotos arrugadas. En una de ellas aparecía ella vestida con un trajecito de lo más mono, como si hubiera sido tomada el instante antes de ir al baile de fin de curso. Cogí los cinco euros y también me guarde la foto.