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Conversaciones   
por, El Briduende   

 http://www.iespana.es/elbriduende/    picos_sol@hotmail.com

 

Me encontré sentado en las ruinas de un tercer piso del sexto edificio de viviendas alquiladas. El de la calle de al lado, me habían dicho por teléfono. Allí y delante de mí, comprendí que se presentaban tres objetos de los cuales merecen descripción. El primero era, desde la izquierda según miraba, yo sentado en una esquina del vestíbulo, un gran espejo circular y torcido. Y en él estaba yo. El segundo, al lado justamente, pero no en el espejo, había de pie y estirado, un perchero de madera. Que disponía y se ajustaba para en él colocar diestra o siniestramente, sombreros, un paraguas, o quizás gabardina o lo que fuese que se vistiera. Pero esto cabía solo aquí en palabras, pues allí, al lado de la copia de mí en el espejo, el perchero alto y preciso contenía información sobre un par de sombreros de bombín. Sucios a la vista, y al tacto, pero esto último no puedo decirlo. Y el tercer objeto que a mis ojos hacían vista, era una plancha de madera manchada, adornada de bien con su pomo, una puerta arrimada, de frente.

 

El silencio me acompañó duros largos minutos de mi reloj, en la observación de estos objetos de los que acabo de dar cuenta.

 

Al cabo de un tiempo, que bien podría haber sido corto, pero que todos nosotros en el vestíbulo percibimos largo y tedioso, comencé a escuchar ciertos murmullos silenciosos. En lo bajo y por de dónde no lo sé, escuché con atención cómo caminaba por las paredes y se hacía dueño de cada uno de los huecos del recibidor, unos sonidos de cuchicheo. Se metían, sin advertirlo más que yo, por detrás del espejo. Me rodeaban a mí y a mi silla en la que esperaba, y volvían por de entre mis rodillas hacia mis oidos. Me rodeaban la cabeza, y mientras yo sostenía como podía el continuar allí sentado, mi quietud se correspondía con el sin cesar del sonido que todo lo envolvía. El espejo volviose un timbal sonoro e infinito del que provenían los sonidos distintos. El perchero no era ya un perchero, sino un hombre delgado y fino que sostenía con cada bombín dos trompetas negras y oscuras. El sonido entraba en ellas y volvía a salir más grande e importante. No podía negar en mis sentidos que ese sonido era real, hasta que me convencí del todo. Y me levanté inquiriendo el proceder de ese cuchicheo que había abarcado tan deprisa el silencio al que nos habíamos acostumbrado.

 

Atendí con la expresión en buscar un origen al sonido que de verdad no podía ya ignorar. Y al acercarme a ella, acerté a darme cuenta de que ese raspar en el aire por unas cuerdas que no conocía, provenía de la puerta de madera. Cerrada, inaccesible, era lo que pensaba. Me agaché y concentrado escuché a través de ella. Y pretendí así saber si era digno tal sonido de atravesar aquella puerta y volver a mí, e interrumpir mi silencio en el que estaba acostumbrado. Decidí comprender también allí ese sonido, como había el tiempo hecho en mí comprender mi propio vestíbulo, el espejo, un perchero con dos bombines, una puerta...

 

Escuché unas conversaciones entre varios hombres y mujeres. No podía acertar en el número de ellos, ni quería siquiera conducir mi pensamiento en esas atenciones. Cerré los ojos a lo que no fuera el contenido del discurso. Y así, concentrado y atento, me abrí del todo a ese sonido y dejé que fiel, penetrara en mí lentamente. Lo acepté. Brevemente empecé a escuchar varios cometarios acerca de un planeta verde y azul del que no había oído hablar, y del poder de sus habitantes en cambiarlo. Un hombre de los que más alto conversaban, quiso discutir así con otro si era tal el poder de esos habitantes de ese planeta tan sencillo, y durante varios siglos, al parecer, habían ya discutido el mismo tema sin llegar a un final tranquilo. También me llegaron los sones de varias guerras a la vez, entre hermanos muchas de ellas, luchando por sus padres que los habían concebido a los dos por igual. Y de nuevo cualquiera de las personas tras la puerta alzaban como podían sus voces, como si adivinaran que yo estaba escuchando. Incluso me aparté asustado pensando en si me habrían visto de algún modo. ¿Me habrían escuchado acercarme a la puerta y de ahí que levantaran las voces en gritos?. Me incorporé de inmediato y recuperé el sentido del vestíbulo en el que estaba.

 

Estaba de pie atendiendo a la puerta, que delante de mí se enteraba más que yo de lo que detrás della sucedía. De nuevo a mi alrededor sonaba el silencio más mínimo. Y más que el primero, pues provenía de las personas de detrás de la puerta, se habían callado. Devolví mi persona a la silla delante del espejo, y continué paciente mi espera. Pero era por fuera, mas por dentro seguían dentro de mí las conversaciones que había antes escuchado sin querer. Y ya no atendía a mi otro yo en el espejo, ni al perchero o al silencio que me aceptaba entonces. Solo podía repetir dentro mío esas conversaciones de las que brevemente di cuenta.

 

Estando así sentado, y la mirada fija en mis pensamientos, se abrió la puerta de improviso. Me asusté. Del chirriar de la puerta apareción un hombre serio en un traje metido. Parecía, creí, que sonreía. Pero supongo era mi propia cordialidad la que me hizo ver algo como eso. El hombre apostaba más por acudir hacia mí con el semblante serio. Hizo como un gesto con la cabeza, se despedía, y del perchero un bombín quedó así huérfano del otro. El hombre lo ajustó con detalle en su cabeza, caminó dos pasos hacia la entrada, y tan rápido como había pasado a la estancia del vestíbulo, tras el cerrar del portón, de nuevo el silencio del vestíbulo.

 

Y volvieron los sonidos de antes. Había querido pensar que seguían siendo los que de mi mente yo mismo, en el recuerdo, desempeñaba. Pero si quería ser fiel a lo que ocurría, debía atender de nuevo a la puerta de mi derecha. Esta vez, ya no me levanté, pues se repetían de nuevos los mismos discursos que había antes escuchado. Y desde la silla en que yo me presentaba al vestíbulo, escuché de nuevo esas conversaciones. Entraron en mí otra vez esos cuchicheos y esos sonidos que me perturbaban. Pero esta vez no quería esucharlos. Me tapé con las manos ambos lados de mi cabeza. Aguanté como pude el silencio que tanto apreciaba, hasta que el dolor me hizo gritar hacia el techo eso tanto que me dolía.

 

Abrí la puerta de improviso, y obserbé. Delante de mí había sentado como esperando, un hombre sencillo y aparentemente noble. ¿Me estaría esperando?. En una pequeña habitación. Y delante suyo había dos objetos, uno de ellos un espejo, y el otro el perchero, del cual colgaban, a mi altura y cerca de mí, dos bombines negros y parecían sucios. El hombre reunió en su rostro un pequeño gesto amistoso, me sonrió. Yo no entendía en eso por qué conmigo quería ser así. ¿Dónde están los demás?, ¿y el resto de los que hablaban tanto de esos problemas tan graves?. Quise responder con cortesía a su invitación, pero no pude más que mover la cabeza con nerviosismo. Tomé de los dos, uno de los bombines y lo ajusté con detalle en mi cabeza. Ante mí veía una salida, y sin saber cómo decidí entonces caminar hacia ella enseguida, evitando las miradas del extraño, con las que me seguía.

 

Cerré el portón y no volví más a aquel edificio.