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Confesiones   
Por, Pedro de Hoyos   

pisuerga@hotmail.com      http://www.conpermiso.turincon.com/

Trabajo todos los días del año; no tengo descansos ni vacaciones, ni los necesito ni los quiero. Tú me conoces bien, me has tratado con frecuencia y sabes que estoy disponible en cualquier momento. Ciertamente tengo que esforzarme y multiplicarme para hacer bien mi trabajo, pero al final del día puedo sentirme orgulloso.

Recorro la ciudad a cualquier hora, si bien cuando más solicitados están mis servicios es cuando la caída del sol va aportando calma y silencio a las casas, cuando el cansancio de todo el día os hace más reflexivos pero también más impacientes. A esas horas mi actividad es frenética y voy y vengo, sugiero y atiendo, contesto y auxilio en una labor incesante. Vosotros no os dais cuenta e incluso os apuntáis el éxito como propio, pensando, sin duda a causa de vuestra soberbia, que los resultados se deben a vuestra brillantez.

Me inspiráis poca confianza, no me fío de vuestra mezquindad que es  vuestra limitación y vuestra bandera. Os ofrezco la certeza de ser cuanto soy Yo, de tener cuanto tengo Yo, y sin embargo, teniendo ante vosotros unas posibilidades infinitas, limitáis vuestra ambición a pequeñeces pedestres, propias de vuestra condición humana.

A veces, cuando me proponéis que os ayude a alcanzar alguno de vuestros objetivos os veo dudar y morderos las uñas hasta que dais un paso al frente y tomáis la decisión que os interesa; después os olvidáis de las consecuencias que para los demás pueden surgir, preferís no pensar en la situación en que quedan vuestros vecinos o vuestros compañeros de trabajo, sonreís satisfechos, orgullosos de vuestro ingenio y dispuestos a comeros el mundo.

Aún recuerdo aquella ocasión en que tú querías a toda costa que tu hijo pequeño jugase aquel partido en el colegio. No sé qué tiene el deporte que os vuelve locos, pero tú estabas empeñado en darle aquella satisfacción, aún siendo consciente de que el pobre chaval no tiene ni fuerza ni habilidad suficientes.

A sabiendas de que no estás acostumbrado a tomar alcohol Yo te serví unos güisquis que no tardaron en iluminarte y en darte valor. Te pasaste toda la tarde bebiendo y dándole vueltas a la cabeza. Tenías que impedir que el otro chaval ocupase su puesto, así que yo terminé por sentarme a tu lado en el sofá y sugerirte cómo podrías hacer. Creíste, faltaba más, que había sido idea tuya y casi te echaste el alcohol encima de alegría. Estuviste sencillamente magnífico y el padre del otro niño se creyó lo del aplazamiento del partido. Tú nunca lo supiste, pero como en una ciudad tan pequeña todo se conoce, tu jefe se enteró, no confió más en tu honestidad y te negó el ascenso.

Claro que Yo ya sabía que el padre del otro chaval no te cae bien.  Siempre te han molestado los que van por la vida de progres y se llenan la boca hablando del tercer mundo. Y él..., él lleva pantalón de pana y va desaliñado porque eso “viste”. Además es un locutor conocido, miembro de un par de oenegés. También tuve que ayudarle cuando sus padres le llamaron para decirle que iban a pasar una temporada en su casa. No sé que hubiera sido de él si no llego a estar Yo a su lado.

Y es que no les aguanta, finge enfermedades cuando le toca recibirlos y trata de escabullirse cuanto puede. Aquel día palideció con su llamada. Ciertamente el trabajo en la emisora le exigía mucho y tenía una cadena de actos de solidaridad con los indios del Amazonas que le absorberían mucho tiempo. Y además tendría que atenderlos a ellos durante dos meses. Se hizo daño en la segunda patada que dio a la mesa y casi se sienta sobre Mí.

Lo bordé, estuve espléndido y cuando llamó a sus padres para decirles que les esperaba puso aquel disco de efectos especiales que Yo le había señalado en la emisora. Durante unos minutos su casa se llenó de albañiles y cristaleros imaginarios, de fontaneros y carpinteros ilusorios que no cesaban de llamarse a voces en medio de grandes ruidos. Naturalmente sus padres decidieron voluntariamente quedarse en su propia casa.

Así eres, así sois y así voy montando mi negocio. Buscáis la alegría de cada día y os perdéis la felicidad.