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Choco unidad   
por, Rob. Whiteglove   

 faustus200@hotmail.com

Las referencias no podían ser mejores. Hablaban de ello en la radio, lo anunciaban en los diarios e incluso figuraba en los programas electorales. Apoyo psicológico gratuito. Me persone en la oficinas. El lugar no sólo estaba dedicado a estos menesteres, también gestionaba becas, acampadas, comunas, actividades culturales, conciertos y un sinfín de eventos. Todos los solicitantes formábamos una gran cola, bien apretada. Estaba nervioso, prisionero entre una turba de adolescentes con ganas de vivir la vida. Esperé pacientemente entreteniéndome en observar al resto, una fauna heterogénea donde a pesar de todo yo destacaba, por la edad, y por mi estado anímico. Por fin llegó mi turno. Me encontré a apenas treinta centímetros de la cara de la recepcionista. A mis espaldas dos adolescentes con el pelo trenzado a lo rasta me hacían sentir su aliento en el cogote. Lo dije en voz baja: -Venía para informarme de lo del apoyo psicológico gratuito-. .-¡Qué!- Tuve que repetirlo más fuerte, para que se enteraran los chavales. Ella siguió sin entender. Yo no entendía que parte de la frase no entendía ella. La repetí un poco más fuerte y en voz pasiva. Escuche risitas a mis espaldas. En aquel momento la ansiedad ya mordía con fuerza y comencé a cuestionarme muy seriamente el largarme de allí. -¡Piliiii!- Gritó la recepcionista, haciéndome saltar del susto. Una voz respondió desde el fondo de la sala. -¿Sabes algo de lo del...- se interrumpió para preguntarme de nuevo, -¿Cómo dijo que se llamaba?, ¿Apoyo psicológico gratuito?- Asentí con la cabeza. -¡Apoyo psicológico gratuitooooo!- gritó. -¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Qué?-. Me sentí obligado a girar la cabeza hacia atrás. No pude ver a nadie, era incapaz de enfocar, pero levanté la mano para identificarme. Pude sentir que todos me miraban. Ya nadie hablaba entre sí,  yo era el centro de la atención, algo mucho más interesante que un cotilleo amoroso o que una acampada. La tal "Pili" se acercó a la recepción, y me hizo repetir la consulta una vez más. Ella tampoco alcanzaba a entender. Le explique que lo decían por la radio, que lo había leído en una revista. -Pero no entiendo- dijo, -¿Eres tú el interesado?- Asentí, e inmediatamente pude sentir como toda la fila dejaba de contener la respiración. -Ven por aquí-. La seguí. La gente se abrió a nuestro paso como las aguas del mar rojo. Eso me hizo sentir un poco mejor. Me llevó hasta un despacho donde rezaba la leyenda "Apoyo sexual". Me senté y esperé. Llegó otra chica, se sentó frente a mí y me preguntó lo que deseaba. Se lo explique, lo había hecho tantas veces antes que ya todo me sonaba a mentira. Ella adoptó una expresión pensativa, rebuscó entre sus papeles, abrió cajones y carpetas, y finalmente encontró la misma revista en que yo había visto el anunció. Pareció entender. -¡Ah! Sí es verdad. Tenemos un nuevo centro de atención psicológica gratuita-. Continuó leyendo la revista y añadió: -Pero no es aquí. Te tiene que remitir el médico asignado por la dirección social-. Yo no recordaba haber leído eso, estaba seguro. Comencé a enfadarme. Le dije que no tenía un médico asignado, que no tenía ninguna relación con la dirección general de sanidad, le dije que había venido por la información que estrictamente publicaba la revista y emitía la radio. Algo de lo que dije pareció alarmarla. Salió del despacho y volvió con otra persona, esta vez era un hombre con barbas. No cerraron la puerta. ¿Sabe usted lo que está diciendo? me dijo el hombre de la barba. -Sí, claro- dije. -Eso no es posible. ¡Es imposible!- Le pregunté a que se refería. - ¿No ha ido usted nunca al médico?-. Le dije que sí, ¡claro!, y le pregunté que era concretamente lo que le preocupaba. -¿Es usted español?- Le dije que sí. -Es imposible. No puede ser que no tenga seguro social-. Mi consulta empezaba a alcanzar dimensiones de delito y mi ansiedad comenzó a ser por una vez, justificada. Le contesté que sí era posible, le expliqué la manera en que era posible y le expliqué como había sido posible. -Es usted un caso único- me dijo. Lo entendí. -Nosotros no podemos atenderle. El sistema no puede atenderle salvo en caso de urgencia. Usted tiene otros medios-. Me atreví a preguntar que podía hacer. No supieron decírmelo, pero me desearon suerte.