EL DESERTOR
Si los demás, jueces, horman tu vida
dale forma tú a tu propia peste.
Elige, desertor, no tener suerte.
Encuentra en la entrada la salida.
Acomoda, ya, tu cabalgadura
a un último galope de desquite.
No hay, alma soberana, quien te quite
tu sombra, tu renuncia, tu blancura.
Dales tu respirador, no tu cadalso:
que el verdugo sea tu amigo necesario,
que tu lengua sonría tras el velo.
Toma tus desechos, no sus rosarios:
en ellos un bien de mercado es el cielo;
la muerte, un oro oculto en un armario.
A MI PADRE
Con cáñamo a pita o paño forajido
me coso la garganta, armo mi boca.
Alguien va a callar esta noche, toca
su bota un barro hosco, malparido.
Tapono mi temblor de nieve y sangre.
Hombre con ruidoso olor a menta
se dobla, siente frío en la tormenta,
y está envinado, y dice ser mi padre.
Padre parece y ya lo quiero cerca.
Pasos que han tristemente resbalado
repisan mi costado más tardío.
No tuerce la lejanía el que impreca.
En la Frontera el tiempo siempre malo.
¡Bajo la lluvia duermes, padre mío!
POETA
Crecí lejano. Como nube o alero
observé de los hombres las conquistas.
Si agita mis versos un anarquista
terco cual Tupac, arduo cual Lutero
ya no importa. Escribo punto tras punto
para nadie. Acepto de buen modo
mi peculiar silencio. No acomodo
tantos en estos tiempos de trasuntos.
No. Aprendí a sonreír como tendero
a quien le devuelven los abarrotes.
Nada más. No creo en lo que toco.
Ni en lo que atesoro. Ni en lo que espero.
Nunca antes que mi mano está el garrote.
Nunca antes que el garrote, mi despojo.