logotipo

img_google
Tres sonetos   
Por, Jorge Carrasco   

 

EL DESERTOR

Si los demás, jueces, horman tu vida

dale forma tú a tu propia peste.

Elige, desertor, no tener suerte.

Encuentra en la entrada la salida.

 

Acomoda, ya, tu cabalgadura

a un último galope de desquite.

No hay, alma soberana, quien te quite

tu sombra, tu renuncia, tu blancura.

 

Dales tu respirador, no tu cadalso:

que el verdugo sea tu amigo necesario,

que tu lengua sonría tras el velo.

 

Toma tus desechos, no sus rosarios:

en ellos un bien de mercado es el cielo;

la muerte, un oro oculto en un armario.

 

A MI PADRE

Con cáñamo a pita o paño forajido

me coso la garganta, armo mi boca.

Alguien va a callar esta noche, toca

su bota un barro hosco, malparido.

 

Tapono mi temblor de nieve y sangre.

Hombre con ruidoso olor a menta

se dobla, siente frío en la tormenta,

y está envinado, y dice ser mi padre.

 

Padre parece y ya lo quiero cerca.

Pasos que han tristemente resbalado

repisan mi costado más tardío.

 

No tuerce la lejanía el que impreca.

En la Frontera el tiempo siempre malo.

¡Bajo la lluvia duermes, padre mío!

 

POETA

Crecí lejano. Como nube o alero

observé de los hombres las conquistas.

Si agita mis versos un anarquista

terco cual Tupac, arduo cual Lutero

 

ya no importa. Escribo punto tras punto

para nadie. Acepto de buen modo

mi peculiar silencio. No acomodo

tantos en estos tiempos de trasuntos.

 

No. Aprendí a sonreír como tendero

a quien le devuelven los abarrotes.

Nada más. No creo en lo que toco.

 

Ni en lo que atesoro. Ni en lo que espero.

Nunca antes que mi mano está el garrote.

Nunca antes que el garrote, mi despojo.