El
invierno en que me quedé muda, no hubo inundación en Colinas. Se pudo
atravesar el puente sin problemas, viendo el agua del río en los bordes del
camino, y al cielo bien tapado de nubes, como queriendo romperse para dejar caer
la desgracia. Quizás por eso todo el pueblo estuvo pendiente de mi mudez.
Hoy terminó esa mudez de diecisiete años. Diecisiete años esperando
que Turcio por fin estuviera dentro de ese cajón, inmóvil, remotamente cínico,
vigilándose a sí mismo. Después de tanto tiempo sin hablar tenía miedo de
que las palabras se me quedaran pegadas en la lengua, o que salieran
desfiguradas, incomprensibles, o que sencillamente no significaran nada. Por eso
todos los días conversaba en mi mente conmigo misma, me saludaba todos los días
y me contaba las cosas que me sucedían en esta vida de encierro.
Ahora que Turcio ya no me puede vigilar, discúlpeme si las palabras me
salen en tropel, como si fueran niños alegres escapando de una escuela. Si las
voces que le voy a decir no son las adecuadas, ha de saber que es porque estaban
oxidadas en mi garganta. Usted es la primera en escucharlas. Espero que me sepa
comprender.
Esa noche él dormía profundamente, al punto que en su borrachera no se
percató de mis movimientos cuando lo ataba y lo dejaba cautivo en la cama.
Cuatro trozos de soga unían manos y pies con los maderos del catre, de modo que
su cuerpo extendido dibujaba una equis. Roncaba estrepitosamente y de cuando en
cuando una baba resbalaba de su boca abierta.
Así lo veo hoy, y me da vergüenza.
Hoy me pregunto por qué hice eso. Por qué simplemente no lo dormí con
algún sedante para esperar, sin ninguna violencia, mi partida. Afuera,
nuevamente había comenzado a llover. Luego de atarlo fui a preparar las
valijas. Al poco tiempo, aún temblando de emoción, me senté a los pies de la
cama. En mi rostro comenzaron a caer unas lágrimas, pero no eran de tristeza ni
de remordimiento ni de alegría. Eran de alivio. Sentía que me sacaba un gran
peso de encima. Nada más que eso.
En ese tiempo yo tenía un aspecto apático y mortecino. Los cabellos me
caían sin ninguna insinuación hasta la mitad del pecho. Me sentía fea, más
fea que ahora. En el rostro, siempre decaído, se me habían alargado las
ojeras. Desde que me casé con Turcio fueron apareciendo en torno de mis ojos,
hasta formar parte indeleble del rostro. Siete años de declinación del amor
mostraron hasta qué punto la relación del matrimonio puede ser tan sórdida
como una relación consentida de sobornador y sobornado, de amo y esclavo que
acepta la esclavitud. Por la mañana un beso que se olvida, unas lágrimas que
no impresionan, una enfermedad inadvertida, todo caía en una inmensa bolsa de
tiempo, desde donde aquella noche fui extrayendo, como papelitos de una rifa
infernal, mis más desgraciados momentos.
Un movimiento un tanto brusco de Turcio me obligó a salir de mis
reflexiones. Me levanté
bruscamente. Sobre la mesa del comedor había un cenicero lleno de colillas y
una botella de pisco sour a medio vaciar. Más abajo, sobre la alfombra, aún
dormía Tristán, el gato que se murió al año siguiente. El desorden de cada
noche, intacto hasta la mañana, permanecía sin cambios. Sólo faltábamos los
tres. Yo, sentada en el sillón, a la derecha de ambos, sin participar de la
charla fastidiosa, irritante, y Turcio, mi marido, que trataba de convencer a su
socio, Aurelio, que siempre asentía, entre risitas ebrias y miraditas pícaras.
Y tras las risotadas, el gato bajaba las patas, se retorcía plácidamente y
seguía durmiendo. Eso sucedía casi todas las noches.
Volví de la cocina trayendo un cuchillo de brillante y afilada hoja. Me
acerqué a Turcio y le desgarré la ropa. Por primera vez su cuerpo desnudo me
pareció extraño, ajeno, sin prepotencia. Mi piel, mis sensaciones luchaban con
mi memoria para alejarlo de mi vida. Esperé un momento y como vi que empezaba a
reaccionar le encajé un pañuelo en la boca. Turcio subió los párpados
flojamente, casi sin conciencia de su cautiverio. Su cuerpo temblaba.
_ Ahora me vas a escuchar – le dije, pero no estaba segura de lo que le
iba a decir.
En su rostro no hubo reacción.
Entonces me callé otra vez.
Pasaron unos minutos. De pronto las manos de Turcio se crisparon con
violencia y su mirada se clavó en mis ojos. Tristán entró lentamente y se
tendió junto a la cadera desnuda de Turcio.
Yo le sostuve la mirada.
_ Esta mañana te voy a abandonar. Aurelio va a venir a las seis y nos
iremos lejos, muy lejos. Ahora te puedes quedar con esa pordiosera de Rina
Meneses.
Turcio alzó el torso con furia y un grito se apagó dentro de su boca,
detenido por el pañuelo. Luego cerró los ojos y mordió el pañuelo con furia,
como si estuviera triturando mi cuerpo dentro de su boca. Los maderos del catre
crujieron.
Yo sentía un placer infinito. Al fin podía demostrarle que una mujer
podía hacer algo más que obedecer, que cocinar y limpiar la casa, que entregar
el cuerpo a unas manos ásperas, remotas, insultantes. Faltaban quince minutos
para las seis de la mañana y las maletas permanecían junto a la puerta de
calle. Desde el comedor venía un vago olor de colillas apagadas. Abandoné el
cuchillo en la mesa de luz y me acerqué a la ventana a escudriñar la calle. Aún
estaba allí cuando el reloj de pared del comedor dio las seis. Julio se
dilataba afuera en nieblas invernales, lento, adherido a las casas de madera
como una babosa. Era el mes que recorría el año en boca de los hombres del
pueblo a causa de las inundaciones que dejaban a cientos de miserables sin
hogar. Y el día anterior ya había empezado a soltar la lluvia, histérico,
tormentoso. Pero aquella mañana no parecía estar orgulloso de nada. El
invierno se emparentaba con aquellos hombres que luego de haber descargado una
andanada de exabruptos se pasaban largas horas pensando en su imprudencia. El
invierno se parecía a Turcio.
Esta vez yo miré la hora en mi reloj de pulsera. Ahí me di cuenta de
que estaba llorando porque una lágrima cayó en el lunar de las coyunturas de
mis manos. Fue entonces que sentí las lágrimas bajando por el pequeño escote
de mi blusa. Mis sollozos se confundían con los murmullos de los hombres
provenientes de los suburbios que pasaban por la calle y con el ruido de motores
que encendían los vecinos al tiempo que tosían y escupían la flema nocturna.
Ahí estaban mis valijas, junto a la puerta. Las quedé mirando un
momento largo. Las sentía lejanas, culpables de un delito horrible. Sí,
culpables de haberme tendido una trampa, de
haberme inoculado una esperanza absurda para esquivar una desgracia de por vida.
En un primer momento pensé en huir, alejarme de allí hacia cualquier lugar. Y
también pensé en matar a Turcio, acuchillarlo una y otra vez para borrarlo de
mi vida. Empuñé el cuchillo y me dirigí al dormitorio, pero en ese instante
escuché un grito apagado que me paralizó y me hizo soltar el cuchillo. Creí
que se trataba de Aurelio que me llamaba desde la puerta de calle. Volví sobre
mis pasos y abrí la puerta. No había nadie. Pasaron unos minutos de silencio.
De pronto en el dormitorio estalló la risa de Turcio. Se había sacado el pañuelo
de la boca y su risa inundaba diabólicamente el aire. Era una risa burlona, colérica,
llena de desprecio.
En ese momento algo se paralizó dentro de mí, algo pesado que impedía
que me moviera, algo que me ordenaba respetar la servidumbre de siempre, un
miedo anterior a cualquier voluntad, a cualquier pensamiento. Me pude mover una
hora después, cuando sus carcajadas iracundas ya habían terminado y el sueño
había apagado sus palabras, esas que me anunciaron, llenas de un diabólico júbilo,
que Aurelio lo tenía al tanto de todo.
_ Nunca vas a aprender – me gritó:- , nunca vas a dejar de ser la
taimada sin esperanzas ni imaginación. Hasta las ilusiones, hasta las
traiciones te las tengo que fabricar yo. ¡Estúpida!.
Luego se calló.