Yo le llamaba capitolino, porque no sabía el nombre, y por relacionarlo con un familiar canino. Laika, nó, era la perra de mi vecina. No se hablaba de otra cosa, el jodido perro de Ulises. Donde quiera que iba me espetaban la misma mierda. Todos colegian en lo mismo: ¡EL PRIMERO EN RECONOCER A ULISES EN SU REGRESO A ÍTACA FUE SU PERRO! Así es como había sido, así es como opinaba el pueblo. Mi primer impulso es casi siempre poner en duda lo que me dicen. Yo no lo llamaría método, ni espíritu critico, es solo un primer impulso, como mover las tripas. A todas las bocas les gustaba decir lo mismo y de alguna manera eso me disgustaba. Yo preguntaba: ¿En qué verso? ¿En qué página? ¿Cuándo? ¿Antes o después de? Ahora mismo no me acuerdo, me contestaban. Pero era cierto. Me recordaron un programa concurso de la televisión, donde el concursante gano una fortuna contestando a esa pregunta, con esa respuesta. Yo hubiera contestado lo mismo. Eso me llevó a buscar una buena edición de la Odisea en la biblioteca, una que al menos conservara la longitud del verso original. No encontré garantías, pero encontré ediciones que asumían sus defectos. Me saqué un par de ellas y me las leí de cabo a rabo. No vi lo del perro. No digo que no exista, digo que no lo vi por ninguna parte. No pude concluir nada. Al dejar mis libros en la biblioteca una nueva edición de la Odisea llamó mi atención. Era una edición infantil con dibujitos y todo. Allí si venía lo del perro. Había una ilustración en que salía representado Ulises, guapo, musculoso, con las mismas facciones de un Cristo, acariciando a un perro. ¿A que va a ser verdad? Me dije.