Buscaba buena compañía, y la encontré solo. Una vez más tomé la dirección del polígono industrial, el lugar más solitario y más cercano. Era normal encontrarse por allí a los amantes de la soledad, normalmente jubilados, pero no una persona como yo. Una persona con un futuro, dicen. Caminé resuelto, como si tuviera algo que hacer, como si llevara encargo de alguna de las empresas de la zona. Tracé una línea imaginaria y caminé con la vista fija en ella. Me sentía vigilado, como siempre. Caminé y caminé, concentrado en la línea y en poner un pie delante del otro. Miré con cautela al llegar a la esquina, un amigo mío trabajaba allí. Y allí estaba, dándome la espalda, dejando los coches más limpios que su propio culo. Llevaba los pantalones tan caídos que casi podía constatarlo. Crucé como un gato y tracé una nueva línea, ésta pegando a la pared, lo que me pareció más discreto. Caminé pensando una respuesta, qué diría si alguien que me hubiera visto me preguntara. Qué coño diría. Qué coño me importaba. Sin mirar atrás alcancé en poco tiempo la verja del ferrocarril. La traspasé por el agujero que yo mismo practique años antes, y que ahora volvía a serme útil. Todo cambiaba a partir de ese punto. Me sentía seguro. Siempre me había sucedido así. Comencé a caminar resbalando sobre el lecho inestable de grava, lentamente. Podía adivinar los duros contornos de las piedras hiriéndome las plantas de los pies, así que caminé por la propia vía del ferrocarril, primero por un rail, y luego por medio, de traviesa en traviesa, midiendo cada paso. Tomé la dirección Barcelona, simplemente por llevar el sol de espalda. En poco tiempo el sol me achicharró el cogote. Busque la sombra de uno de los túneles. Penetré en la embocadura y me recosté contra la pared. Entonces fue cuando le vi. Era un tío joven como yo, con el pelo rapado como yo, también vestía informal y lucía una barba descuidada. Tenía una guitarra sobre las piernas, las manos en las cuerdas y en el traste, como si le hubiera interrumpido. Los dos estábamos mudos, posturas relajadas, corazones que latían y movían nuestras camisetas, sudando por la frente, mostrando él las mejillas sonrosadas, y yo un ligero rubor. Él buscó salida escalando las laderas del túnel, como si fuera lo más normal del mundo, yo directamente me introduje en la oscuridad buscando el abrazo de las sombras. Al tío se la calló la guitarra, pero no volvió por ella, siguió trepando, buscando desesperadamente el anonimato. Yo permanecí en el túnel, más tranquilo. Seguí con el oído las evoluciones de mi compañero, le oí resbalar, le oí maldecir, escuche caer una lluvia de piedrecillas que se desprendía del talud. Una vez me sentí solo esperé un tiempo. Quería estar seguro. Un poco antes de que ésto sucediera salí. No quería que un tren me sorprendía allí dentro. Recogí la guitarra del suelo. Estaba rota por la caja, pero todavía parecía una guitarra. Me senté donde antes estuviera el otro, coloqué la guitarra sobre mis rodillas y canté estruendosamente una tonada que he venido a llamar Agra nostrum, Ciertamente no disfruté nada.