http://www.iespana.es/elbriduende/ picos_sol@hotmail.com
Nunca me lo había preguntado de esta forma. A veces, simplemente me sentaba y las horas se consumían delante de mí, en la forma de un par de relojes que usaba a diario. Uno de muñeca, y antemano, y otro de usar en la mesa. Miles de golpes de bolígrafo de cuando mis pensamientos venían desencajados, le habían advertido tantas veces como dije antes, que no sabía que escribir en esos momentos.
Hoy fue un día cualquiera de entre tantos de los que no podemos huir.
Enseguida mi mente volvió a los pensamientos de los que nacen las torturas, que
pretendo evadir en sueños, pero vuelven, cada mañana, cada vez que me
sorprende el reloj hablándome siempre a las diez de la mañana. Pero solo hoy
advertí el carácter de estos pensamientos tan diarios y tan míos. Veía
delante de mí un desayuno de los de siempre, ¿sería el mismo que dejé ayer?,
se le parecía tanto....pero no lo veía. El ruido de tantas urgencias a partir
de entonces, no me invadió los oidos como solía, cuando ir al trabajo,
conducir, o acudir puntualmente conformaba en el aire que rodeaba al desayuno,
una pequeña sonata compuesta por la rutina, y que todos los días estaba
condenado a escuchar, afinando primero los instrumentos, para luego ejecutarla
sin errores, había ensayado ya muchas veces. Pero ahora las butacas del teatro
estaban vacías, no había función en escena. Un hombre breve se paseaba entre
restos de ensayos anteriores, con un desayuno en la mano. Miraba al palco vacío,
y observaba entre él y donde habría de ser llenado por el sonido, cómo los
atriles eran unos esqueletos deformes de metal, sin vida.
¿Dónde están los músicos?.
Y cada paso se convirtió en olvidarse del anterior, y el futuro era un
pasillo de una casa tan conocida y familiar, que podría repetir miles de veces
el mismo recorrido, de la cocina a mi habitación, y aún así no tener la
seguridad de encontrar mi cama y mis cosas donde antes habían estado esperándome.
Porque hasta ese punto no podía ni juzgar que aquello delante de mí ya había
sido visto. Todo se convirtió en voces que me decían que me callara y que
siguiera, apropiándose de mis decisiones.
Las luces tiemblan muchas veces. Yo lo he visto no solo en la mía, sino
en la de los demás. Aunque a muchos más que a otros, yo creo que todas
tiemblan y se mueven de inquietud. No sé si es bueno fingir que no es así,
nunca lo he creido. Encendí la luz, pero el descuido que solo entonces advertí,
convirtió el destello en un breve chorro luminoso, que tembló rápidamente,
hasta que un punto en que no pudo soportarlo y se rompió. Y entonces no veía
nada, una profundidad negra, y mis manos que trataban de entenderla.
Me acerqué poco a poco. En los pies sentí el frío del suelo que me
estorbaba. Tropecé, creo recordar con algún objeto, maldiciéndome a mí mismo
por haberlo puesto allí. ¿Era mío?, seguro que sí. Iba tan despacio y con
lentitud, que lo que antes se me hacía pequeño y conocido, se volvió grande,
inmenso e indescifrable.
Y al momento en que pensé haber llegado donde mis dos relojes de
siempre, encontré por encima mío un peso enorme que me empujaba hacia el
suelo. El desasosiego se apoderaba de mi poco a poco, y en mi mente solo podía
sentir que se dibujaba el perfil de la pregunta: ¿Por qué?.
Fue en ese momento cuando me arrollidé de dolor, y sentí aún con más
fuerza un peso sobre mi cabeza, mi cuello y mi espalda. Y mi reacción, de
tantas solo encontré una para ese momento, fue la de extender los brazos,
aceptando lo que no había visto, que sobre mí se cernía desde hacía tiempo.
Y me aplastaba más y más hacia la oscuridad, y se me olvidó todo, el
sentimiento de ese enorme peso me impidió recordar nada de mi vida y de mi
pasado. Solo debía aguantar, suspender sobre mis hombros todo aquello que pensé
no era mío. Pero que hice mío por orgullo que confundí con necesidad.