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"Nimo tú" y otros textos   

Por, Rob Whiteglove   

NIMO TÚ / Es mucho más bonito HelenaHedor de multitudes / Rosaseca

 

Nimo tú (Fragmento de la novela del mismo nombre)

/.../No puedo negar mi estado de animo. Me siento solo y desamparado como el borreguito ese... Como el puñetero cervatillo ese... Me siento hundido. No he sido admitido en el club, el club de los gilipollas con dinero. Quizá enamorado. Me queda el consuelo de ser joven. Tengo muchos años por delante para pasear mi calvorota por el mundo y para ver menguar mi peso por debajo de los sesenta kilos. Que pena que actualmente ya no me acompañe mi buen estado físico, al menos tendría la esperanza de echar un buen polvo de cuando en cuando. Recalco, la esperanza. Tengo mucho tiempo para tocarme los cojones. Eso es tajantemente cierto. He llegado a ese estado ideal, un estado en el que las fuerzas que me acometen y hostigan han quedado imperfectamente neutralizadas. He aprendido a moverme en el ojo del huracán, bailando como un borracho. El mundo se me viene encima, y es que no soy capaz de pasar desapercibido. No se como hago para hacer tan notoria mi debilidad. Me he convertido en un blanco. El mundo se me viene encima y nada puedo hacer por evitarlo. Es un gran problema, un problema de millones de pesetas. En cierta ocasión se me acercó un viejo, uno de esos jubilados profesionales a los que yo robaba conversación para no volverme loco. Estuvo presumiendo de lo que haría con mi edad. Me propuso intercambiar las edades. Trató de convencerme de que ese viejo cuerpo contenía la experiencia de todo lo que hasta entonces había sido rodado en cine. Al muy cabrón se le calló la baba, literalmente, y ni siquiera se dio cuenta de cómo se manchaba los pantalones. No acepté el cambio, decidí conservar mi edad. Decidí quedarme como estaba, decidí que no estaba mal del todo/.../

 

Es mucho más bonito Helena (Fragmento de la novela del mismo nombre) 

/.../ Un murmullo sordo llenaba la noche del centro de la ciudad, una nota casi imperceptible que marcaba el ritmo de la capital y acunaba sin descanso el sueño de sus habitantes. Siguiendo fielmente un viejo programa, la monótona melodía comenzó a aumentar su volumen provocando la aportación de los primeros solistas. En el horizonte se escuchó el estridente toque de un claxon y su inevitable acompañamiento, mucho más cerca el ruido de un motor que insistentemente trataba de ponerse en marcha, algunos vidrios rotos en el camino de un noctámbulo y el inquietante aullar de un perro. Una nueva representación anunciaba su comienzo, el primer acto era esperado con escepticismo por los viejos edificios de la calle Toledo, público erudito que entre las adolescentes masas de ladrillo que sustituían sin respeto a sus antecesores, se retorcía sobre el desigual pavimento abombando con orgullo sus fachadas, resistiendo con nobleza su humana carga, dejándose acariciar por una brisa que ya no traía el aroma de estanques y parques, ni el calor de las gentes que hicieron del barrio su orgullo, sino un fragor mezcla de basura sin dueño y humo de gasolina. Nuevas necesidades habían introducido importantes transformaciones en el entorno de La Latina, del mismo suelo en que bebían las raices de la ciudad, brotaban coloridas conducciones que trepaban por las fachadas y se introducían en las casas por toscos agujeros, las zanjas se repartían las aceras y las obras se repetían continuamente para no terminar de solucionar los problemas. El viejo Madrid no entraba en los planes de la actual mayoría, la nueva ciudad, no quería saber nada de la villa y corte, construída en el extrarradio para dar cabida a los sueños de miles de inmigrantes, mostraba una heterogénea identidad y un crecimiento vertiginoso que pretendía acercarla al sofisticado ideal de las macrópolis extranjeras. El madrid de los Austrias había logrado mantener su sabor a través de los años y solamente la dejadez y el olvido habían conseguido amenazar  seriamente su continuidad. Sin atraverse a acometer una remodelación definitiva, los antiestéticos añadidos que se superponían sin cuidado al antiguo orden urbanístico, trataban de repartir en el tiempo la penosa responsabilidad de enterrar el viejo escenario del centro histórico. /.../

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Hedor de multitudes (Fragmento de la novela del mismo nombre)

/.../En el momento que empecé a hacer públicos pequeños detalles acerca de la verdadera historia de Guido, y sin haber trascendido mis palabras más allá de el entorno doméstico o de comentarios dejados caer en los ambientes que visito con más frecuencia, recibí detallada demostración de las lesiones que puede producir un afilado estilete en el cuerpo de un pollancón, las cuales me serían aplicadas si no desistía en mi empeño de alterar el rumbo de los acontecimientos. Las amenazas no me aterrorizaron en principio, las recordé más tarde cuando durante la comida imité compulsivamente diestros movimientos de cuchillo, en este caso sobre un filete, más duro de cortar que el pollo que sirvió de ejemplo. La incisión que me propiné en tan estúpido y compulsivo alarde, me demostró que mi carne era la más blanda de todas, la dolorosa alarma de realidad, me hizo plenamente consciente de lo arriesgado de mi posición.

La situación en ese momento era más grave de lo que yo había imaginado, muchas personas a las que yo consideraba de confianza empezaron a tratarme con reservas y a esquivar el contacto con mi persona. Hasta este momento yo no estaba decidido definitivamente a la divulgación de mis experiencias con Guido, al no tener convicción en la utilidad de mi testimonio, pero esto me indicó que ya nada debía echarme atrás, y si en mí había alguna sombra de duda, mi decisión se convirtió en irrevocable. /.../

 

Rosaseca (Fragmento de la novela del mismo nombre)

/.../ Y el sueño duró apenas un instante. Juan Jacobo consideró oportuno atender respetuosamente a la pesada descripción de los síntomas que le acompañarían hasta el último de sus días. No alteró en ningún momento la expresión de su cara, su desconocimiento de la jerga científica y su total desinterés por los mecanismos funcionales de su organismo, le ayudaron a soportar la contundencia de las evidencias médicas. En términos coloquiales, a los que no logró abstraerse, su cuerpo estaba invadido por un pulpo que crecía sin parar y que pronto alcanzaría y estrangularía con sus tentáculos algún órgano vital. Dominado por una primera impresión francamente positiva, palpó con campechanía su abdomen y adivinó en su interior el lento estremecimiento de su huésped. El doctor Hessen releyó cuidadosamente el resultado de los análisis, como si él destino de su paciente, y venerado amigo, dependiese de un error gramatical. No del todo satisfecho buscó en los gruesos volúmenes que decoraban su despacho, datos objetivos que desmintiesen la lamentable noticia. Su compendio de oncología, y esta era una evidencia incontestable, había sido escrupulosamente redactado por los especialistas más cualificados de la profesión; sus primeras conclusiones, muy en contra de sus deseos, habían sido acertadas. Muy alterado, el viejo Doctor comenzó a golpear el aire con palabras lentas y acompasadas, cargadas de solemnidad, dolor y culpa. Juan Jacobo permaneció impasible, prestando toda su atención al sonido del viejo reloj que presidía el despacho

-No puedo decirte nada más de momento.  Quizá en otro país, quizá otro especialista...

-No necesito una segunda opinión. Eres mi amigo y estoy convencido de que has hecho lo posible para hacerme la noticia superable.

El doctor Hessen bajó la vista y comenzó a manipular nerviosamente su abrecartas haciéndolo girar una y otra vez entre sus dedos. Juan Jacobo se levantó de su asiento cortando con decisión la espesa atmósfera del despacho.

-¡En fin!. Tengo una cita y no dispongo de demasiado tiempo.

 El doctor Hessen acompañó pesadamente el movimiento de su paciente, posponiendo momentáneamente la despedida; abrió tímidamente un cajón de su escritorio y seleccionó de su interior una cajita de analgésicos en formato de supositorio.

-Te pones uno cada seis horas, y si persiste el dolor, vuelve a verme.

Juan Jacobo acepto el medicamento y retuvo con firmeza la mano de su amigo, obligándole a sostener su mirada.

-Si necesitas algo... –logró articular el Doctor Hessen.

-En realidad, hace tiempo que me he ocupado de todo. No te preocupes.

Juan Jacobo cerró con decisión la puerta del despacho, dejando al otro lado la sensación acre que emanaba la mirada acuosa del doctor Hessen. Apretó los puños y su bigotito se curvó levemente en una mueca agridulce que pretendía dibujar una sonrisa. Había conseguido no contagiarse de preocupación, aunque de alguna manera era consciente de que le quedaba un tiempo de vida corto e indeterminado, en parte ocupado por una penosa convalecencia cuyos rigores solamente podría combatir con supositorios. De momento, los síntomas de la temible enfermedad no eran más alarmantes que los de una ligera aerofagia, el somero tratamiento no alteraba en absoluto su ritmo de vida y tampoco imponía restricciones a sus hábitos. Las primeras impresiones se prestaban a ser interpretadas favorablemente: se sentía bien y por primera vez abandonaba un consultorio médico sin que ni siquiera le hubiese sido prohibido el tabaco. Ni un poco de verguenza, ni pena por el cuerpo que tan fielmente le había servido durante toda su vida. No podía aceptar la realidad que su amigo acababa de ofrecerle, abandonarse a su destino y aceptar un papel tan Ingrato. A pesar de la duda que rondaba su cabeza no era capaz de encontrar motivos sobresalientes para sentirse desdichado y comportarse como se supone de un enfermo terminal. Su experiencia era dulce y carente de registros de desdicha. La suerte había sido siempre obstinadamente favorable a sus intereses y probablemente continuaría siéndolo el resto de su vida. Contaba con una salud económica más que favorable, una buena posición y una calidad de vida a la que seguro no estaba dispuesto a abstraerse. Alterado por una leve sombra que a duras penas lograba eclipsar su optimismo, pensó en Le Sommeil y recuperó con facilidad el hilo de su sueño. /.../

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