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Ahora que pienso en ello, me gustaría recordar si
amanecía o anochecía cuando me dio por gritar, aunque sólo sea por
aquello de comenzar la anécdota sin descubrirme a mí mismo como un
chiflado que no sabe ni la hora en la que vive. ¿Te preguntas que
hice?, pues nada malo, sólo gritar y gritar, es decir, acabar
definitivamente con pensar siempre en lo mismo tan silenciosamente y
empezar a berrearlo todo.
Mi esquina estaba en una confluencia de dos calles famosas por las que
pasaban cientos de miles de patas disfrazadas de pantalones, brazos
disfrazados de maletines, culos disfrazados de minifaldas y peanas
disfrazadas de zapatones varios, tantos que antaño ni uno, después de
haberme visto, habría sido capaz de recordarme unos metros más allá.
Pero, entiéndeme, ni mucho menos me estoy quejando de mi esquina como
si ésta hubiese tenido la culpa de la falta de resultados que había
tenido hasta entonces. Entre esquineros resulta evidente que no se
trataba de una mala esquina. Dispone de varias paradas de autobús y una
de las calles es una enorme avenida por la que todos esos sujetos
disfrazados siempre van y vienen caminando.
Durante el año que pasé de respetuoso pordiosero silencioso, el
sentido de mi existencia fue pedir algo. Al fin y al cabo pedía como
todo el mundo, pero nunca trajinando mi esquina para pagar una larga
lista de cosas cojonudas que me hubieran hecho la vida más convencida
en el alma, más segura en la opinión y más reconfortante en el estómago,
sino para que todos viesen lo miserable que podía llegar a ser si no me
dirigían su atención. Por eso me acercaba a todos los que llevaban el
tiempo apresurado, pronunciando un "disculpe" con la voz
enfermiza y, alargando la mano educadamente, esperaba alcanzar un trozo
nutritivo de su piedad pasajera. Y, claro, un desastre... Calculando,
calculando, en el año de esquinero cauteloso que viví, sólo UNO de
cada mil disfrazados al que imploré piedad se hurgó el bolsillo para
entregarme una media de veinticinco agujereadas pesetas. Sólo UNO de
mil. Ahora, me da lo mismo no poder diferenciar entre el amanecer y el
anochecer, pero me alegra saber que, a pesar de saberme pirado y no
acertar ni la hora en la que vivo, he aprendido que, para remover el
corazón de la gente, no hay nada más inútil que el buen tono.
Por mi esquina pasaron disfraces de todo tipo. Unos con mucha prisa,
incrédulos de la miseria que exponía o que ni alcanzaba a cautivar su
atención para no tropezar conmigo. Otros me circundaban evitándome con
un gesto molesto por la hartura de ver siempre lo mismo en cada
pordiosero de cada esquina, contestando a mis ruegos con un NO por hastío.
Desde luego, el premio al mejor disfraz, si hubiera que darlo claro está,
sería para los que me otorgaron algo, atención o dinero, a pesar de
desvelárseles en el rostro esa apestosa pena solidaria ahora tan de
moda, o ese sentido de culpa que surge desde la negligencia cotidiana
donde nos convencemos que todos vivimos igual y que cada uno tiene lo
que se merece.
Hacía justo un año que llevaba disculpándome por estar allí y no
tener disfraz, cuando, ya hecho esquina en la mañana (¿o sería por la
tarde?) me puse en pie y comencé a gritar con toda la fuerza que fui
capaz de generar con mi voz y mis pulmones.
Grité por Zapata, primero. No por la revolución, ni por odiar al
imperialismo yanqui, que vete tú a saber si un día no llegará a ser
la primera víctima de sí mismo como lo fue la URSS en su momento. Grité
a Zapata sólo porque el grito de Emiliano es el único berrido histórico
que conocía y, coño, ya era hora de que los disfrazados peatones se
enterasen de una vez, que van ya casi cien años machacando al verbo sin
que nadie con dinero reaccione en serio por su causa (¡tierra y
libertad!). Luego, tras el descanso y la toma de fuerzas, continué con
esa eterna reivindicación feminista (¡nosotras parimos, nosotras
decidimos!), pero no por que desease decidir qué parir ni cuándo
parirlo, sino por pura ironía, como método para alcanzar la más
absoluta libertad de mi alma llegando a traspasar mi género degenerado
de hombre y así destacar por chalado entre tanto chalado. Esto último
lo conseguí. Pronto me di cuenta que molestaba a los más disfrazados
paseantes, incluso a algunos, bastante.
Hubo gritos muy documentados (léase a Funes Robert) contra las empresas
que consumen a su personal como si fueran papel higiénico (¡El mercado
obra la maravilla de transformar el egoísmo en virtud a través de la
libertad y la competencia!), gritos pendencieros (y tu, capullo, ¿qué
miras?, ¿es qué no tengo derecho a ser feo?), gritos lacerados propios
de un predicador (¡estamos sólos!, ¡nadie sabe amar!, ¡Cristo nos ha
abandonado!), gritos de siempre con rima sencilla (¡curas y militares,
parásitos sociales!), y gritos básicos de la selva (¡aah!, ¡uuh!).
Pero un día, terminó todo lo precario y cambió mi vida. Si mis gritos
espantaban al peatón disfrazado de la calle, alguien del cual no sabría
ni decirte el nombre, descubrió que el mundo quedaba embelesado delante
de su pantalla de televisor mientras me obstinaba en destrozar la razón
a gritos en movidos debates de máxima audiencia. No me costó nada
ganar fama y dinero ciertamente, todo fue instantáneo; me llamaron, y,
como Cesar, veni, ¡griti! et vinci.
Hoy en día, grito todo lo que puedo. Y de mi gritar, devoro como un auténtico
cerdo y tengo todas esas cosas cojonudas que te hacen la vida más
convencida en el alma, más segura en la opinión y más reconfortante
en el estómago, aunque, la verdad, me da un poco de rabia que todavía,
en una puesta de sol, no sea capaz de diferenciar cuando amanece o
anochece, pero ¿quién necesita saberlo en un estudio de televisión?