Judith sentada en la playa observaba el horizonte, su sonrisa se ensombreció con un recuerdo, una tristeza se cobijaba en su corazón, a lo lejos podía
ver el barco en el que se iba Miguel, se habían prometido amor eterno, que
nunca se olvidarían, sabía que él volvería pero el tiempo se haría eterno.
Miguel había encontrado un trabajo lejos, llevaba meses buscando algo y ahora que lo había encontrado era al otro lado del mar, no pudo negarse, su
amor propio estaba tocado y si seguía mas tiempo sin hacer nada se hundiría en la depresión, ella lo acepto, su mayor dolor era no poder acompañarlo
pero sabia que debía dejarlo ir.
Ahora observando irse el barco ordenaba sus pensamientos. Su vida en los últimos meses se había vuelto un desastre. Amaba a Miguel pero su
continuo mal humor la habían hecho alegarse un poco de él, necesitaba un amigo
que la comprendiese y sin saber como se había encontrado confesándole sus problemas a su compañero de trabajo. Luis siempre había estado ahí, dándole
confianza, ayudándola y animándola cuando ella tenia problemas, también él le confesaba sus penas a Judith, sólo ahora ella había comprendido
que él estaba enamorado de ella, eso le asustaba un poco porque sabia que también
ella sentía algo especial por Luis.
Sólo unas horas antes había prometido a Miguel que lo esperaría, le había jurado su amor y no sabia porque pero ahora sólo podía pensar en Luis,
quizás era eso lo que esperaba, la partida de Miguel para saber a quien pertenecía en realidad su corazón.
Levantándose de la playa recogió sus cosas y se dirigió a la cabina telefónica, tenia que poner en orden sus sentimientos y no quería
esperar, además ahora que se había ido Miguel se encontraba triste y muy sola. Con
manos temblorosas busco en su bolsillo unas monedas y marco el numero de teléfono.
-Diga.
-Hola Luis, soy Judith.
-Judith estas bien? Te ha pasado algo?
-Miguel se ha ido, me encuentro muy sola, te necesito.
-dime donde estas, ahora mismo te recojo.
-estoy en la playa de las avenidas.
-espérame ahí, en 5 minutos llego.
Cuando Miguel llegó Judith lo recibió con lagrimas en los ojos, subiendo al coche lo abrazó llorando, él le acaricio el pelo mientras le susurraba al
oído que se tranquilizase, después de varios minutos Judith dejo de llorar y se incorporo en el asiento.
-Llévame a casa por favor¡
Durante el camino hacía su casa Judith no dijo nada, Luis tampoco quería molestarla, sabia que lo estaba pasando mal y que necesitaba su compañía
pero no sus preguntas. A la media hora el coche de Luis paraba delante del portal de su casa.
- Luis quédate conmigo, no quiero estar sola esta noche.
- Si de verdad me necesitas me quedaré.
Luis llevaba 7 años casado pero en su matrimonio tenia problemas, la monotonía y las malas caras y peleas diarias habían hecho que ya no
sintiese nada mas que respeto por su mujer, aún así nunca la había engañado pero sentía algo muy fuerte por Judith que no se podía explicar. Buscando
una excusa creíble llamó a su casa para decirle a su mujer que no podría ir a dormir.
Judith preparó algo de cena para los dos y sentados delante de la chimenea del salón cenaron juntos hablando sobre Miguel, sus relaciones, el
matrimonio de Luis y finalmente sus sentimientos. Los dos se confesaron su
amor y sus miedos, no podían ni querían hacerse daño ni hacérselo a las personas que los amaban, tampoco sabían como ser felices y vivir su amor sin
herir a los demás. Después de hablar hasta altas horas de la noche
los dos se durmieron abrazados en el sofá del salón.
A la mañana siguiente más confusos si cabe que el día anterior se fueron a trabajar juntos, Judith recibió una llamada de Miguel de camino al
trabajo, sin poder evitar las lagrimas que asomaban a sus ojos y pensando en la noche
pasada junto a Luis le dijo que también lo quería. Al colgar el teléfono
dirigió una mirada triste a Luis, él no pudo evitar detener el coche en la acera y abrazándola hacía sí la beso suavemente por primera vez.
-Luis, llévame a casa, me encuentro mal, hoy no quiero ir a trabajar.
Luis obedeciendo sus deseos llevo a casa a Judith, la acompañó hasta la puerta y en la entrada no pudo evitar besarla de nuevo, ella abrazándolo le
rogó que se quedase. Delante de la misma chimenea que los había acompañado
toda la noche se entregaron su amor, con dulces caricias, tiernos besos y dulces palabras susurradas al oído dejaron libertad a sus deseos
entregándose en cuerpo y alma, dando todo en cada beso, hicieron el amor como si nunca lo hubiesen hecho antes en su vida, aprendiendo cada rincón de
su cuerpo y estremeciéndose con cada caricia y cada beso. Al acabar Luis
se vistió, Judith desnuda lo acompañó a la puerta, le entregó una llave de su
casa y besándolo le dijo que lo amaba.
Esa tarde cuando Luis salió del trabajo paso por casa de Judith, llamó a su puerta y no obtuvo respuesta, abrió la puerta con la llave que ella le había
entregado y al entrar, encima del sofá en el que habían dormido esa noche sólo vio un sobre en el que ponía su nombre.
Luis:
Mi amor, porque te amo y sé que me amas, y porque lo nuestro no tiene futuro ni puede ser cierto, me voy.
Espero que puedas perdonarme que no me haya despedido de ti, me despedí de
la mejor forma que supe y pude, te entregue una sola y única vez mi amor pero te lo di por entero. Ninguno de los dos podría hacerle daño a las
personas que nos quieren, sabemos que si lo hiciéramos nuestro amor se convertiría en rencor. Recuérdame como un bonito sueño.... yo siempre
te amaré.
He llamado a Miguel y esta tarde salgo en el próximo barco.
Te ama.
Judith.
Con la carta en la mano y lagrimas en los ojos, Luis observaba el lento movimiento del barco desde la misma playa donde lo había hecho Judith el día
anterior, ese barco se llevaba sus sueños y su esperanza de volver a alcanzar el amor.