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Malvinas 2000   

por Juan Carlos Fagiano   

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El rastro sumamente largo me advertía que no se trataba de una perdiz. Mi perra Ñata, que es una maestra en estas lides, me llevó un largo trecho entre el monte, con mucho sigilo como ella lo sabe hacer, hasta que se detuvo en un espinillo, y con su patita delantera recogida y su cola erecta me anunció que la presa ya estaba cerca.

Me preparé calculando que volaría rumbo fuera de la espesura, ya que ésta terminaba a pocos pasos más, dando lugar a uno de los dos cráteres de La Valentina.

Azucé a la perra y ella encaró hacia el árbol, de inmediato un fuerte aleteo rompió el silencio de la fronda, la montaraz se elevó a varios metros entre las ramas y luego encaminó su vuelo hacia el espacio abierto. Fue en ese momento que apreté el gatillo de mi escopeta, el estampido sonó como un cañonazo y la montaraz se desplomó alcanzada por la perdigonada.

La Ñata es una experta en traer la pieza, pero en esta oportunidad ella no la vio caer por la espesura del follaje, por lo tanto me resigné ir a buscarla.

Tal como calculara, la montaraz cayó en los médanos del cráter, por lo que tuve que descender varios metros por la pared del mismo, aferrándome de los yuyos que allí crecen para no caerme.

Al fin llegué abajo y caminé unos cuantos pasos hacia la presa ya muerta; llamé a la Ñata para que la recogiera, así se daba cuenta que le había acertado y ella respondió de inmediato a mis órdenes. Moviendo su cola se encaminó a levantarla.

Fue en ese momento que vi un brillo apagado de algo semienterrado en la arena. Con curiosidad me acerqué para ver qué objeto era, parecía como una pequeña roca de color blanco parduzco, pero tenía líneas demasiado definidas como para ser una piedra.

De inmediato me excité pensando haber encontrado algún resto del meteorito caído allí hacía unos dos mil años, y que pudiera ser de algún material desconocido para mí.

Me agaché y toqué su superficie completamente lisa y fría. Con las manos escarbé un poco en la arena y le desenterré; su forma era como un gran huevo de unos cincuenta centímetros, pero perfectamente ovalado y sumamente liviano.

Ahora sí estaba totalmente intrigado. ¿Qué sería?

Ya no tenía dudas que estaba ligado con el meteorito. Mientras lo sostenía entre mis manos empecé a experimentar una rara sensación de bienestar y paz, como ésas que se suelen tener después de concurrir a misa o hacer una pequeña obra de bien.

Cargué el "huevo", la presa y mi escopeta y me dirigí a la sombra de un árbol cercano, ya casi en la pared donde termina el médano. Allí me saqué el bolso de caza y me senté en el suelo con el huevo entre las manos, la sensación de bienestar persistía y sentía una gran tranquilidad interior. En ese momento noté que el huevo ya no estaba tan frío como al principio, tenía ahora aproximadamente la misma temperatura de mi cuerpo. Eso me llamó aún más la atención y empecé a darme cuenta que había descubierto algo sumamente interesante.

¿Podría ser realmente un huevo de algún animal prehistórico o desconocido?. ¿Tenía vida?

Mi mente empezó como a recibir imágenes confusas, me asusté y lo deposité nuevamente en el suelo, de inmediato dejé de percibirlas. La sensación de bienestar perduraba.

Me puse a pensar qué haría con él -a esta altura ya estaba bastante convencido de que era un huevo real-, tal vez lo más conveniente sería llevarlo a la Universidad de Río Cuarto, o hablarle a Peter Schultz, el científico de los Estados Unidos que investigó los cráteres y que tiene a su disposición una gran aparatología para estudios.

Realmente estaba muy confundido. Lo lógico era intentar esclarecer mis pensamientos, por ello es que me dispuse hacer un intervalo comiendo algo.

Saqué del bolso una rica manzana y a pequeños y pausados mordiscos la terminé en unos diez minutos, tiempo suficiente para decidir los pasos a seguir de inmediato.

Mientras, pensaba en la película Parque Jurásico, y creía ser el poseedor de uno de esos famosos huevos de dinosaurios.